martes, 12 de agosto de 2014

Relatos Breves

RELATOS BREVES



EL PELO

        Le acariciaba el cabello como se acaricia la suave, escurridiza, melocotónica piel de un niño de pocos meses. El perfume de manzana de su cabeza le embriagaba los sentidos. Se le iba colando por los poros como el humo, el olor a gasolina, a muerte próxima se acerca a las aletas de la nariz. Era la melancolía derramándosele por los poros.
       Veía su infancia, su volada juventud robada por los quehaceres. Demasiado ocupado. Era como si ni un momento de tranquilidad se hubiera adueñado nunca de él. Tal vez era esa insatisfacción profunda lo que le desazonaba el alma.
        Era ese uno de los pocos momentos que sentía dignos de ser recordados. Era la suavidad de su pelo, de las que infunden el maravilloso deseo del Amor, de las que infunden ganas de ponerlo todo en el asador sin exigir absolutamente nada.
        Definitivamente, acariciando su pelo, se sentía feliz.



CALIDO AMANECER

Aupada sobre la punta de los pies, trataba de coger un libro de la estantería. Su amado se acercó por detrás, la tomó de la cintura y con un ímpetu como de viento la alzó a la altura que ella deseaba.
                 
Tomó el libro en sus manos y, en silencio, como se había desarrollado todo el instante, ella no se había sorprendido en absoluto, la volvió a depositar en el suelo, como una pluma, un papel, un suspiro, tierna, suavemente.
                 
Se volvió hacia él. Lanzó sus brazos al cuello y lo besó con la ternura que un niño deposita en la mejilla de su madre un beso cariñoso, que una leona lame a sus cahorros.
                 
Eran sus ojos un chorro de luz amorosa que provenía de lo más profundo del alma.
                 
Ella le dio las gracias y él le acarició la barbilla. El le lanzó un beso en un mohín de niño travieso y se fue hacia el sillón en que preparaba su trabajo diario.
                 
Ella, en otro sillón, se sentó, abrió el libro, comenzó a leer y se fundió en amor con la lectura. El héroe de la novela lo tenía delante de sí. La felicidad le rebosaba por las costuras del alma.
                 
La tarde era fría, hacía viento, llovía, pero en la habitación, con la suave respiración del sentimiento, todo era cálido y tierno.
                 
Despertaron, se miraron y comprendieron que habían tenido el mismo sueño.
                 
Era un cálido amanecer para un nuevo día que comenzaba.



FELICIDAD

                  Iban a dar las doce de la noche. Finalizaba un día y comenzaba otro. Era una hora mágica y misteriosa. Una especie de magnetismo afloraba con la hora en la habitación. Era un renacer, un florecer, hasta tal punto que era en ese momento cuando todo el cansancio acumulado, que ni siquiera un buen baño había podido hacer desaparecer, se esfumaba como por ensalmo.
                  Los ojos bailaban llenos de alegría, el corazón se aceleraba como si se fuera a producir un encuentro amoroso. La mente, dormida hasta ese momento, despertaba, ruidosa y con ganas de hacer algo. Era la hora bruja, la hora de los grandes acontecimientos, la hora en la que se quisiera uno entregar hasta deshacerse en amor....
                  Habían pasado las doce de la noche y Cenicienta seguía siendo Cenicienta, y el sapo no se había convertido en Príncipe, ni los malos estaban entre rejas, ni el mundo era completamente feliz.
                  Pero no importaba. Se volvería a repetir la historia hasta que la última se convirtiera en realidad. El reloj seguía su camino y el sueño empezaba a abrumar los párpados.
                  Se encontraron uno frente a otro, hombre y mujer, plenos, hermosos. Se miraron al fondo de los ojos y alzaron la tristeza que encerraban  desde hacía siglos.
                  Se fueron despojando de las veladuras del alma hasta quedarse en pleno corazón enardecido.
                  Dos fuegos, dos imanes que se atraen, en silencio, sin palabrería inútil. Fueron enlazándose como la hiedra al árbol, como la lluvia a la tierra, como el amor al amor.
                  Al final no era ni blanco ni negro. Eran dos y eran uno. El resultado para el mundo era el amor que daba sus frutos.
                  La aurora empezó a desperezarse y sonó el asesino de los sueños. No era el grande, era el diminuto teléfono móvil, despertador, cartera con fotos, agenda y cámara fotográfica.

                  - ¿Sí?
                  - Hola, mi amor.
                  - Hola, mi cielo.
                  - He soñado contigo.
                  - Yo también.
                  - Tú eras moreno como el café sólo.
                  - Y tú blanca como la leche pura.
                  - Sí, fundidos y enlazados.
                  - El aromático sabor de la mañana frunció nuestra nariz.
                  - La delicia hecha paladar.
                  - El amor hecho vida.
                  - ¿Qué tienes que hacer hoy?
                  - Amarte por sobre la vida y la muerte.
                  - Te espero en las enredaderas de mi jardín.
                  - Espérame que voy de vuelo.

        Un perfume a rosas y jazmines inundó la brisa del amanecer. El mundo, por la mañana, tenía cara de felicidad.