miércoles, 2 de abril de 2014

 BAJO LOS CEREZOS, TODO EL MUNDO ES BUENO

        La tarde era espléndida. El sol iluminaba la ciudad como hacía tiempo no ocurría. El hombre terminó su jornada laboral temprano. Hacía mucho que no disponía de una tarde de sábado para disfrutarla a su entero placer.
        Trabajar, comer, dormir y moverse por la ciudad en un tren más o menos confortable y rápido, no lo ponía en duda, pero que cuando se llenaba de gente derrotada por el trabajo o por el alcohol ingerido para olvidar las cavernas oscuras del corazón, le llenaban el alma de los más negros sentimientos.
        Aquella tarde la disponía para él, para disfrutarla a troche y moche.
No iba a hacer nada en especial, simplemente respirar, libre el corazón, de otra cara de la ciudad.
        Tomó la última línea de metro inaugurada en la ciudad. La ciudad, la megalópolis, había sido fundada hacía cuatrocientos años. Sobre uno de los puntos altos de la misma, se encontraba una de las zonas de confluencia de trenes y de aglomeración de gente más grande que verse pudiera.
        Pero también se extendía el gran parque, uno de los grandes parques de la ciudad. Arboles, flores, naturaleza, museos, cultura. Todo junto. Un lugar ideal para disfrutar de una primorosa tarde de sábado, paseando, mirando, charlando con alguien, si hubiera habido oportunidad.
        Las estaciones de la nueva línea eran espaciosas, elegantes, incluso bellas en su diseño. Aunque el tren se caracterizaba por su estrechez. Afortunadamente esa tarde no había mucha gente y el espacio era más que suficiente.
        Llegó a la estación de destino, se dirigió a la salida. Una bocanada de cháchara, cláxones y griterío infantil lo recibió al salir a tierra. ¡La civilización!
        A lo lejos se veía la colina, y en la colina una gran cola de gente de todo tipo y condición. Era un momento para inmortalizar. Recordaba los dibujos que dos o trecientos años antes habían sido pintados con todo primor con los mismos temas y paisajes que ahora contemplaba. La misma cantidad de gente, la misma cantidad de árboles florecidos, el mismo colorido. Tal vez la ropa era la gran diferencia. La ropa y la belleza más estilizada, más internacional de los ciudadanos modernos.
        En aquellos dibujos no había gente extranjera, como mucho había foráneos, pero no extranjeros. El hombre veía caras de la India, caras típicamente americanas, voces francesas escuchaba y algún que otro aborigen del mundo hispánico entre la muchedumbre.
        Un bello y abigarrado espectáculo, una hermosa mezcla de razas y gentes con el mismo denominador común en su deseo, disfrutar de la belleza de las flores, de los árboles, de la brevedad de la vida, en una hermosa tarde de primavera.
        Desconocedor de los nombres de los árboles, de los diferentes tipos de cerezos, de la gran variedad de hierbas, flores y florecillas que poblaban la colina, denominador común, por otra parte, a mucha gente de su entorno cultural, no pudo por menos que reconocer y admirar a aquella pareja que iba a su lado.
        La mujer le iba diciendo a su compañero cómo se llamaba cada flor, cada tipo de árbol. Formas y modos distintos de concebir, de enfrentarse a eso que llamamos naturaleza. Sólo le quedaba el recurso de admirar la abundancia de pétalos, de colores, de belleza colgada de las ramas. Una ducha de sensibilidad, a pesar del desconocimiento de los nombres.
        El camino estaba civilizado. El camino estaba asfaltado a ambos lados del camino-carretera, y bajo los frondosos árboles. Por cierto ¿cuánto vivía un especimen de aquellos? Había oido hablar de trescientos o cuatrocientos años, aunque alguien le había dicho que lo normal eran los cuarenta. La naturaleza y sus misterios.
        Sí, a ambos lados del camino-carretera, bajo los frondosos árboles, esterillas de color variado cortaban el espacio reservándolo a grupos familiares, empresariales, estudiantiles. Se pegaban a la tierra y a la botella, lata de cerveza, a la cháchara y al candor de unas miradas amorosamente reprimidas.
        Sin embargo, aunque de manera espontánea y rápida, no era raro contemplar el beso furtivo. El picotazo en la cereza de los carnosos labios femeninos, robada a los árboles sin fruta, sólo para el disfrute de los ojos plácidos.
        En algunos detalles, esas manos entrelazadas, paseando con lentitud, muchedumbre encubridora,le decían que las cosas, que las formas iban cambiando. No era él nadie para juzgar esos cambios. Los jóvenes, por jóvenes, más atrevidos, se arriesgaban a romper las formas. Los mayores, por dulce envidia o por tradiciones inveteradas, lanzarían su crítica más o menos formal, más o menos agria, contra las nuevas generaciones.
        Las formas, a pesar de todo, iban cambiando. Pero lo que no parecía cambiar eran los bebedores a ultranza. Desinhibidores sociales, la cerveza o el sake corrían por las gargantas robando a los pétalos de las flores su carmín para teñir los rostros de arrebol. 
        Agradable paisanaje el que sus ojos contemplaban. Llegó a lo que podría denominarse el corazón del parque. Aquí y allí, contenedores de basura pedían ser llenados con desperdicios, latas y demás restos del banquete de los dioses a flor de cielo celebrado.
        También un par de grandes pancartas, bien visibles, bien legibles, animaban a que los respetables bebedores depositaran los detritus en los contenedores.
        Aunque comprendiendo la necesidad de la limpieza, la estética de la cartelería rompía por completo la belleza de las flores, de los árboles florecidos. Sacrificios necesarios, pensó, en aras de la limpieza y la salud.
        Fue la tarde de la tecnología. Aparatosas máquinas de fotos alargaban sus cuellos de girafa enmarcando el mejor color, la más bella de las concentraciones de pétalos. Diminutos teléfonos de bolsillo superior de americana, lanzaban sus luces para dejar constancia del instante que se va y no vuelve.
        El hombre se preguntaba si el mundo disfrutaba con lo que veía o esperaba robar ese momento a Caco, ladrón del tiempo, como maravilloso tesoro digno de ser eternizado. La tecnología contribuía a la  inmortalización del segundo, de la sonrisa fugaz, de los ojos brillantes de alegría o deseo.
        Más allá un grupo de saltimbanquis, payasos, gallinas disfrazadas, osos panda y demás ganado doméstico infantil hacía su propaganda, invitaban al respetable a asistir a los espectáculos preparados para la fecha.
        Bullicio, bullicio, bullicio. Alegría sana, escapada por los resquicios del tiempo, mostraba unos rostros cansados de placer, lejos muy mucho de las preocupaciones de los pájaros metálicos que en otros lares hacían de las suyas; lejos muy mucho de los impuestos pagados o por pagar, del nuevo año, abriluno, que comienza para los gatos y las escuálidas enseñanzas.
        Todo alegría y placer. El mundo, a pesar de todo, rodaba, o gracias a esa alegría podía rodar como si nada pasara bajo los florecidos árboles.
        Cansado ya de viento, murmullos, ruidos, choques involuntarios y , en especial,de su soledad, el hombre decidió poner rumbo a su casa por entre la jungla de mansiones, casas y demás viviendas donde la vividura se practica como Dios nos da a entender.
        Evidentemente, le pareció, la situación era para disfrutarla en compañía, pero ya que no había podido ser, decidió ejercer de observador lo más imparcial posible de ese rito que, como la vida misma, se repite cada año en la colina de los cerezos, allí donde la ciudad abre sus puertas, sus railes, a foráneos y forasteros. Allí donde bajo la belleza de los cerezos en flor todo el mundo es bueno.



Antonio Duque Lara