sábado, 12 de abril de 2014

Conversaciones a la sombra de la mezquita

CONVERSACIONES A LA SOMBRA DE LA MEZQUITA

Paseaba por la Mezquita,
estuve un tiempo en silencio.
(de “Medina Azahara”)

- ¡Qué lindo es todo esto! ¿Verdad, abuelo?
- Sí, sí que lo es.
- ¡Uf! Parece que lo dices con un tono de tristeza que “pa” qué.
- La verdad es que tienes razón. Pero también es cierto que no es para menos.
- No te entiendo, abuelo. Explícamelo, por favor.
- Verás, tú eres aún muy joven. Apenas tienes trece años y, lógicamente, aún no has pasado la época de los grandes desengaños. Vienes por aquí y todo esto te gusta. No me extraña, porque la Mezquita es preciosa. En este patio he mantenido muchos diálogos con la ciudad y sus gentes, pero este rincón no es toda la ciudad. Tú apenas conoces otros barrios y otras personas. Lo que conoces es, ¿cómo podría decirlo? Sí, lo que conoces es lo que conocen los turistas y, por supuesto, la imagen es idílica.
- Sí, tienes razón. Sólo conozco esta zona y mi barrio. Pero lo que no me podrás negar es que lo que hicieron los moros es magnífico. Debieron vivir fabulosamente. En mi libro de Historia...
- No, hijo, no. Los libros de Historia que usais en las escuelas no sirven para nada. En esos libros no se cuentan nada más que las cosas que interesa contar. Bellas historias, pero en su mayor parte falsas. En tu libro de Historia no se cuentan los incendios del Arrabal, o el hambre que pasaba el pueblo, o algunas de las sublevaciones de los moros, como tú dices, contra sus fabulosos Caudillos y Califas. Esta es la verdadera Historia de la ciudad y de Andalucía, en general. Hoy se sigue sintiendo el hambre y seguimos esperando la solución a nuestros problemas, tan viejos como la misma tierra que pisamos. ¿Comprendes ahora por qué siento un poco de tristeza ante tanta belleza?
- Sí, sí que empiezo a comprender. Díme, abuelo... ¿Por qué no me cuentas más cosas que yo no conozca? ¿Te parece?
- Bien, verás. Voy a intentar contarte la historia de un domingo que pasé hace ya bastante tiempo. Lo puse por escrito en algún lugar. Es la historia de las cosas que vi y pensé. Quizá en algún momento notarás un acento irónico en mi voz, pero no es posible contarlo de otra manera, si no fuera así seguiría haciéndome el mismo daño que me hizo entonces.
- De acuerdo, abuelo, pero vamos a sentarnos debajo de este naranjo, ¿vale?
- Vale. Y ahora, escucha.
        Era sábado. No recuerdo la hora exacta. Las nueve y media, las diez de la noche. No importa. Había llovido, pero el cielo seguía amenazante. Si las nubes se hubieran decidido, el chaparrón hubiera sido inmenso. Estaba todo muy oscuro. El camino que conducía a mi casa sólo estaba iluminado por las farolas de una avenida. Había que ir mirando al suelo para no meter los pies en los charcos. A la derecha del camino, tras un montículo, se adivinaba el resplandor de una hoguera. Alguien se movía alrededor. Chicos de trece o catorce años, pensé, que no tienen miedo a la lluvia. Llegué a casa y después de cenar ligeramente, como estaba un poco resfriado, me acosté. No podría decirte la hora que era, pero lo cierto es que la amenaza de lluvia se cumplió. Tras los cristales se sentía caer el agua con una fuerza brutal.
        El domingo me levanté recuperado. Abrí la ventana y descubrí que, lo que yo tomara por una chavalina, desafiante de la lluvia, eran dos familias, gitanos quizá, tremendamente pobres, que viajaban, en un carro, quién sabe a dónde. 
        Al mirarles, después, de cerca, sus caras se notaban cansadas, tras una noche sin sueño, a causa de la lluvia que les había calado hasta la sangre. Los niños, muy pequeños, se adivinaban en el interior del carro, confundidos entre las mantas mojadas.
        ¿Sentir? No lo sé. Sólo te puedo decir que se me revolvió el estómago, que cada vez que oigo hablar de progreso social se me hielan las entrañas y que desde entonces, en sueños, viajan por mi mente gran cantidad de carros, vagabundos de la vida, que todos ayudamos a fomentar.
        Después de esta primera impresión del día, cogí mi cartera de cobrador dominguero y me dirigí a uno de esos barrios de casas promocionadas por el Gobierno, creo, en las afueras de las ciudades. Casas hechas con la segura geometría de la alienante arquitectura moderna. Allá, a lo lejos, metidas entre un salto del terreno y un arroyo, vivían trescientas o cuatrocientas familias, no de condición pobre, eso suena mal, porque pobres y analfabetos no hay en España, pero sí, como se dice ahora, de condición social menos favorecida. Fue entonces cuando me di cuenta, o quise darme cuenta, por primera vez de la miseria que se respiraba en aquel barrio. Pero eso lo irás deduciendo del relato.
        Al llover, en la entrada de aquel barrio residencial, se formaba una gran cantidad de barro. La primera personilla que me encontré fue una gitanilla de apenas un par de años. Corría por entre el fango, sin braguillas ni zapatos y con un vestidito pringajoso.
        Comencé mi cobro precedido, lógicamente, por una gran cantidad de cobradores domingueros que, como yo, necesitábamos hacer aquello al mismo tiempo que íbamos arrancando los pocos ahorros que había en aquellas opulentas familias.
        Llamé a la primera puerta y, ya te digo que, quizá, aquella mañana fue la primera en que percibí claramente la situación, me llevé una gran sorpresa. Contrastaba el interior de la casa con la fachada y la calle. Parecía un piso de lo mejorcito que he visto en esta ciudad y, en algunos detalles, la familia parecía de alta alcurnia.
        Pasé después a otra casa, aquel lujo aparecía superado. Tenía frente a mí una habitación-comedor-sala de estar, todo al mismo tiempo, en la que por todo ornamento había un viejo mueble-bar, con botellas vacías, una mesa vacía desde tiempo inmemorial y una cama en la que dormía alguien. Salió la mujer, negada en sus ojos de madre sin calor. No me pudo pagar. Su marido estaba enfermo y aún no había cobrado la raquítica pensión mensual. Intentaría pagarme cuando les dieran la paga de Navidad. Porque era por esas fechas cuando ocurrió esta historia. Se quitarían un poco de su escasa alegría para dármelo a mí, encargado de cobrarles su entierro en vida. He de aclararte que yo era cobrador de una compañía funeraria. Era el encargado de cortarles cada mes un poquito de su piel para que, luego, pudiesen ser enterrados cristianamente.
        Pasé a otra casa. En el comedor-dormitorio había una mesa surtida de recortes de chorizo, embutidos en general, de esos que los comerciantes regalan, en última instancia, porque son invendibles. Ante la mesa una hilera de voraces chiquillos, desgreñados, hambrientos, reunidos al calor familiar. Presidía la mesa un hombre con aspecto de padre feliz. Le faltaba un diente. Gordo, fofo, de aspecto lastimoso. La madre estaba peinada como siempre, con unos pelos pobres, quebradizos, peores que los de las ratas cuando están mojadas.
        Pasé, sin pena ni gloria, a otro sitio. El pavimento de las calles era magnífico. Quien pretendiera pasar de una acera a la otra no tenía más remedio que llenarse de barro hasta las orejas. Limpísimo todo. Había por allí un colegio. Sí, un colegio acogía durante el curso a los hijos de estas familias. Grandes campos de cemento y barro se veían por patio. Tenía también grandes ventanales sin cristales, por lo que la calefacción entraba en las clases.
        Sigo mi camino y llego a otra familia. Eran muchos. Ni gitanos ni castellanos. Pagaban puntualmente, cuando había dinero. Ese día no había. Entré en su casa. Tropecé con algo. Un crio muy pequeño, venía el sexto en camino, se paseaba arrastrándose por un suelo olor a cieno. En la habitación había una mesa, en la mesa olía a hambre.
        En la calle sentimos un gran ruido. Dos chicos de seis o siete años se habían peleado y sus madres, histéricas, les acusaban mútuamente. Pasé a la siguiente casa. Llamo. Parecía que no hubiera nadie y, cuando me disponía a marcharme, una vecina, muy en su papel, me grita: “La hija de esa señora estará con el novio en la cama”. Tendrán frío, me justifiqué ante mí mismo y me largué, atónito, ante la reacción de la señora. En otro sitio me vi en medio de una discusión cuyo tema era de lo más interesante. Se trataba de saber quién ganaba menos al cabo del año.
        Fuí así dejando atrás una, dos, tres calles, con todo tipo de gentes. Con mujeres bien peinadas y hambre de tres años, con esqueletos andantes, con hombres ahítos de placeres estúpidos. Llegué a la plaza del barrio. La Iglesia estaba llena de fieles con un Dios de su infancia. Los hombres apiñados en las puertas de los bares discutían sobre cualquier cosa: la jornada liguera, el último suceso del barrio: un hombre había herido a su mujer porque la había sorprendido con su amante en la cama.
        Así fuí pasando una, dos, tres..., muchas casas. En unas no habían cobrado el paro obrero, en otras el dinero no había llegado de Alemania, en la de más allá no había dinero, sin más. Alguna vez había oido decir que, ciertas mujeres, se habían insinuado a los cobradores porque no podían pagar. No me lo creía, pero esa fue la sensación que tuve cuando una vez salió una chica, joven, de tal forma que no sabría decirte si se acababa de levantar o es que aún no se había vestido desde que lo hizo e iba provocando a todo el que llegaba. En otro sitio un ex-legionario presumía de su colección de chiquillos, siete u ocho, incluso cierto día me dijo que no se quedaría ahí.
        En fin, te podía contar más detalles de aquel barrio, pero baste con estos. Tomé el autobús y me marché a casa. El sol parecía haber desbancado a las nubes. En el autobús sólo íbamos cinco o seis personas. En la primera parada subió una mujer, vieja, seca de entrañas, y también un hombre más joven, con aspecto de deficiente mental. La mujer llevaba una falda algo corta, unas medias remendadas, por encima de ellas unos calcetines. El hombre, cuando se sentaron, parecía decirle algo al oido, obsceno, quizá, pero agradable al oido de la mujer. Hizo insinuaciones de tocar sus muslos secos y repugnantes, pero ella debió advertirle de que no estaban solos. En otra parada, varios hombres, relativamente mayores, subieron al autobús. Se sentaron frente a la mujer y miraban, ávidos, sus miserables piernas.

        La carretera estaba mojada y a los lados de la calzada el agua se amontonaba en grandes charcos. Cuando llegué a a casa y me senté , tuve la sensación de haber despertado de una terrible pesadilla.