viernes, 2 de mayo de 2014

Asakusa

ASAKUSA ERA UNA FIESTA

                          En muchos paises, entre ellos España, cuando la primavera avanza y el calor empieza a apretar, entre los meses de marzo, abril, mayo, a lo largo y ancho de la geografía nacional, tienen lugar una serie de fiestas que se conocen con el nombre genérico de “Fiestas de Primavera”.
                   Las Fallas de Valencia, las grandes Ferias andaluzas, la celebración de las Cruces, la Semana Santa, el Rocío y un largo etc.
                   Muchas de estas fiestas tienen un sentido religioso cristiano, más o menos profundo, según la conciencia personal de cada cual, pero si nos adentramos en las historia, siglos y siglos hacia arriba en el tiempo, descubrimos que muchas de estas fiestas tienen antecedentes paganos, muy anteriores al nacimiento de Cristo.
                   No son sino las antiguas celebraciones paganas de tipo naturalista que coincidían con el cambio de las estaciones, del año, de la recogida y siembra de la cosecha...De ahí que todavía sea posible comprobar como, a pesar de los cambios producidos en la sociedad, estas fiestas coinciden aún con el calendario agrícola preferentemente.
                   Los hombres trabajaban afanosamente durante unos meses y, cada cierto tiempo, tenían unos días de asueto en los que demostraban su agradecimiento a la Naturaleza por las cosechas recibidas, al mismo tiempo que rogaban a las fuerzas naturales: Sol, Luna, Agua..., para que la próxima cosecha fuese asimismo beneficiosa y abundante.
                  

Este es, creemos, el sentido profundo de las Fiestas de Primavera españolas que, en un momento determinado, el Cristianismo transformó, valga la redundancia , en fiestas cristianas.
                   En el mes de mayo se celebra en Tokyo, en Asakusa, uno de los llamados barrios Shitamachi, populares, la fiesta de SANYAMATSURI, fiesta  de SANYA, de origen sintoista, pero que viene a coincidir, eso nos pareció cuando la vimos por primera vez, con las fiestas españolas que se celebran en primavera.
                   Sin entrar en disquisiciones teóricas, podemos decir que el OMIKOSHI, paso, andas hispanas, era porteado por los integrantes de los diferentes gremios que componen la comunidad, cambiando de porteadores en los lugares previamente establecidos, coincidiendo con el cambio de manzanas del barrio.
                   Las vestimentas de los diferentes gremios son coloristas, aunque coinciden en los tonos oscuros, azul marino, azul grisáceo, gris, negro, intercalado con el blanco. Consiste en una especie de gran camisa y un taparrabos para los hombres y un maillot con su camisa para las mujeres. Todo ello se completa con un pañuelo enrrollado y fuertemente atado en la cabeza.
                   Estas fiestas, de base religiosa sintoista, tienen, o tenían en su momento, por objeto pedir a la Naturaleza una gran cosecha, un próspero año, en definitiva, en los diferentes aspectos de la vida material, comercial, agrícola... Así como también dar gracias por los dones recibidos en las etapas anteriores.
                   En estas fiestas hemos visto al hombre japonés completamente transformado. Generalmente de aspecto serio, casi frío en ocasiones, se transforma en una persona sonriente, sudorosa, que en ciertos momentos del paso de las andas llega casi al éxtasis. Tanto empeño ponen en ello. Y no podíamos por menos que acordarnos de algunos momentos de la Semana Santa de Sevilla, y sobretodo del Rocio de Huelva que, ¿coincidencia? se celebra más o menos por las mismas fechas. La misma locura, la misma algarabía, y los integrantes de los gremios, los gentes de las marismas que no permiten que nadie saque sus pasos, sus Omikishi porque son suyos y solo suyos. Identificación total con la tierra.
                   Fue aquí cuando sentimos, tal vez por primera vez que dos pueblos tan lejanos en el espacio, tan diferentes en sus formas, en su manera, al menos teórica ,de pensar, en el fondo del subconciente, de su ser, vienen a coincidir, o al menos así lo parece.
                   Todo esto nos llevaría a estudiar en profundidad temas como las religiones antiguas, antropología, etnología etc. Entonces, quizá, descubriríamos que no somos tan diferentes unos de otros y que en realidad lo que nos diferencia son más las formas que los sentimientos.




                             ANTONIO DUQUE LARA