lunes, 2 de junio de 2014

Vareador de Estrellas

DESDE LA OTRA ORILLA

                    El día de las niñas una amiga le llamó por teléfono. Había asistido a la boda de su hermano. Según ella, durante la ceremonia, durante el ágape lloró, lloró y lloró. Y lo hizo no por la emoción que suele producir cualquier tipo de boda. Lloró porque los padres no pudieron asistir a la misma. En última instancia estarían presentes a través de alguna rendija del cielo, vigilando y alentando a la pareja que se unía en matrimonio.
                 Cortaron la conversación telefónica y a él se le despertó en un recodo del alma la imagen de su padre.
                 Se cumplían nueve meses de la desaparición física de su progenitor. Volvía a recordar todo lo que había ocurrido en el lugar en el que él vivía. Lo que había sucedido en el de la defunción era sólo una filtración de palabras. Sin duda habría sido como le habían dicho, detalle más, detalle menos.
                 El mes de enero del año en que ocurrieron los hechos había sido extremadamente frío. Incluso, cosa extrañísima, o al menos él no la recordaba en lo que llevaba de vida, había nevado. Después le regalaron un dvd en el que se mostraban unas imágenes del acontecimiento. Fuera el frío la causa o fuera que ya había llegado la hora, al padre le dio un derrame cerebral. No recordaba el tipo de derrame que había sido. Tal vez para cuestiones de rehabilitación la diferencia sea grande, pero cuando al final se produce la defunción...., la vida no se puede ocultar tras mantos de verborrea científica.
                 El hecho es que el padre tuvo que ser llevado al hospital. Pasó un tiempo de rehabilitación por aquí, rehabilitación por allí. Según todos los testimonios escuchados meses después, el comportamiento familiar fue impecable. De boca de alguien llegó a escuchar:”¡Ojalá mi familia se comporte de la misma manera si me ocurriera a mí!”.
                 En una situación en la que no se sabe como va a evolucionar el estado del enfermo, decidieron no informar al hijo mayor, largo tiempo en tierras lejanas. Lo hicieron un par de meses después. Fue una decisión acertada. Lo único que se podía hacer era cuidar al enfermo y esperar. Provocar problemas de desplazamiento, de visados, de billetes, gastos para aquí, gastos para allá. Innecesarios.... Cuando le informaron, ya había decidido ir ese verano a ver a la familia, pero tenía que ser en un tiempo en el que se perjudicara lo menos posible a la gente que lo rodeaba en el trabajo y en otras relaciones de tipo amistoso o familiar.
                 Ciertamente resultaba duro saber que alguien de la familia se está preparando para el eterno viaje y no poder despedirse de él. ¿Qué hacer? Desde el principio pensó que no era la familia quien iba a criticar su no comparecencia en tan críticas circunstancias. Al menos, cuando los vio, quedó demostrado. ¿Los vecinos y demás urracas aledañas que siempre hay? ¡Que se vayan al infierno!
                 Cuando recibió la noticia quedaban pocos días para empezar el curso académico. Si se largaba un mes, todas las personas que lo esperaban en sus lugares de estudios quedarían con el culo al aire.
                 El padre siempre había echado pestes de esa plaga de vagos e inútiles que lo único que hacen es exigir derechos sin cumplir con sus obligaciones ni deberes.
                 Es en esos momentos cuando la persona se da cuenta de las buenas influencias que ha recibido de los demás. Y él tenía muy enraizada la misma idea. No podía ir, no. No debía ir. Primero era el deber.... Si hubiera ido, su propio padre hubiera entrado en un doble estado de excitación, la alegría y el enfado. La alegría por el reencuentro, el enfado por haber dejado las obligaciones cuando nada se podía hacer. Quizás esa excitación hubiera sido la puntilla final y hubiera tenido que arrastrar durante la vida que le quedara un extraño sentimiento de culpabilidad. Iría cuando ya tenía determinado.
                 Sólo se podían esperar dos cosas, o que antes de ir todo finalizara, o que el enfermo pudiera sobrevivir al menos hasta que él llegara. Si ocurría lo primero, sabía que al menos durante ese verano tendría que descargar en la medida de lo posible a la familia del cansancio acumulado durante medio año de cuidados y convalecencia. Si era lo segundo, entonces ya se vería. Tendría que esperar. Hasta el día de su partida lo único que se podía hacer era comunicarse por internet, por e-mail o por teléfono con la familia. Como así sucedió.
                 Degustador de buen cine, tenía grabada una película inglesa que un par de años antes había tenido éxito. El pequeño bailarín era la traducción literal del título. El crío, joven, sin madre, vive con su padre, un hombre bueno, pero rudo, luchador, minero y apenas instruido. Cuando el crío le dice que quiere ser bailarín, el padre echa culebras por la boca. Eso es una cosa de niñas. Los bailarines son unos maricones.
                 Lugar, época, circunstancias. La reacción era perfectamente comprensible. Pero el pequeño bailarín era más tozudo aún que su padre... Un día, cuando éste ve bailar a su hijo, es el primero que, dando una vuelta de ciento ochenta grados, se convierte en el mejor valedor del mismo.
                 Viendo el fin, lloró, lloró, lloró como una Magdalena. Eran demasiadas coincidencias entre él, su padre y el tema general de la película. Quizás si hubiera habido alguien a su lado no hubiera podido llorar.
                 Eran sobre las seis de la tarde cuando terminó de ver la película. Terminó el trabajo y volvió a casa. El teléfono daba la señal de que había un mensaje. Se dispuso a escuchar, pero sólo había un par de palabras y se cortó. Cosa extraña, era su hermano. .... ¡El padre! ¿Había muerto? Abrió el ordenador y, cuando aún no había terminado de estar preparado, volvió a sonar el teléfono. Efectivamente era su hermano. Por su tono de voz ya sabía lo que iba a decirle. Al otro lado del teléfono no sabían cómo dar la noticia. La tranquilidad se había apoderado de su cuerpo. ¿Qué pasa? ¿Ha muerto? Sí. ¿A qué hora ha sido? Y brotó el llanto. En la otra orilla se sorprendieron. Contó lo que había pasado esa tarde y cómo coincidían las horas de un lado y de otro... Siguieron diciéndole que al día siguiente era la incineración, y que ya lo volverían a llamar para contarle cómo había sido el entierro.
                 Al día siguiente...., a la hora de la incineración, a la hora del entierro, él tenía que hablar de la cultura del olivo. De una cultura que habían sido su padre y su abuelo quienes se la habían imbuido. ¿Ironías del destino? ¿Casualidad? ¿O es que todo estaba escrito?
                 Inevitablemente, esa noche durmió mal. Al día siguiente tenía la charla. En el tren, mientras se desplazaba hacia el trabajo, escribió un poema, con pocas variantes. Lo tituló  “Vareador de estrellas”. Era la imagen que le quedaba de su padre. Había cumplido su ciclo y justamente era cuando su hijo tenía que hablar sobre el olivo.

                 Tierra que de la Tierra fue.
                 Cálida raíz del olivo.
                 Duro, resistente
                 Como rama milenaria.
                 Hoy,
                 A la hora en que los toros
                 Se enfrentan con la vida,
                 Eres, otra vez,
                 Vareador de estrellas.

                 Tierra, olivo, toro. Triada de la tierra que lo vio nacer. Triada de la tierra que lo vio morir.
                 En el trabajo pidió al director del centro que no se fuera muy lejos. Temía que pudiera cortarse y no llevar a cabo la charla. A un amigo que en esos días tenía una exposición, le pidió que pintara un dibujo que representara la idea del poema.
                 Durante las tres horas de la charla. Imágenes, poemas, risas, tranquilidad en la tensión... Todo fue bien y el dibujo perfecto. Su padre había estado presente en la reunión, dirigiéndolo, era su despedida.
                 Volvió a casa y volvió a sonar el teléfono. Le contaron cómo se había desarrollado la misa y lo que habían decidido.
                 El padre quería que sus cenizas fueran esparcidas a los pies de los olivos que lo habían visto crecer. Fue escuchar eso y el llanto comenzó a fluir. Era la primera vez que escuchaba ese deseo. Ante la sorpresa de los del otro lado del teléfono, les contó lo que había pasado. De nuevo la sorpresa. Cuando estaban pensando en la fecha del esparcimiento de las cenizas del difunto , a una de las hermanas se le ocurrió que por qué no esperaban al lejano y así asistían todos al acto. Estuvieron todos de acuerdo y pidieron su parecer a través del teléfono. En aquel estado, daba igual que el acto se llevara a cabo un día más tarde o más temprano.....
                 Todo lo que había ocurrido era pura coincidencia o es que las conexiones de internet se prolongaban con los idos, se preguntaba. Sólo quedaba esperar mes y medio para que, arropado por todos, el Vareador de Estrellas volviera a la tierra, su tierra.

                 El texto está escrito nueve meses después de que ocurrieran los hechos. Sería la primera parte de la historia, que continua con “Vareador de Estrellas”, escrita muy pocos días después del esparcimiento de las cenizas.


                 VAREADOR DE ESTRELLAS

               Viendo, escuchando, comprendiendo
                               las cosas sin sentimentalismos,
                               sin echarlas en olvido.
                                         Kenji  Miyazawa

        La reunión se celebró el sábado por la tarde. Todos los hermanos, todos los cuñados, todos los hijos de unos y otros.
        La casa era una algarabía. La televisión, como en todas las reuniones, estaba alta e impertinente. La situación no era nueva. Siempre ocurría lo mismo cuando no se quería decir nada ni escuchar a nadie. Hasta que alguien la apagó.
        Aunque con dificultades, se terminó de fijar el programa para el día siguiente. Quién iría con quién y en qué coche. Dónde se encontrarían. La gasolinera de no sé dónde, la ruta de no sé cuantos. Todos los hombres eran expertos viajeros por las rutas adyacentes a la ciudad.
        ¿Y qué se haría? Aunque no se definió muy claramente, nadie sabía en realidad lo que había que hacer. Nuevos tiempos aún no completamente ritualizados. Se pensó hacer un hoyo en la tierra, echar las cenizas y tal vez hacer alguna lectura.
        Había conciencia de que en esos momentos un “experto” debería decir algunas palabras, pero un experto significaba un cura, y aunque nadie dijo nada, todo parecía indicar que ninguno estaba por la labor. Un acto familiar, íntimo y sin intervenciones del poder eclesiástico... Parecía increible. Por fin el mundo laico iba imponiendo sus formas, aunque en los días posteriores al fallecimiento se había celebrado una misa.
        Y llegó el día. A la hora indicada se salió de la casa. El visitante, llegado del fin del mundo, no sabía muy bien por dónde se movía el coche. Tanto había cambiado el mundo de la carretera con respecto a la imagen que él tenía.
        Y se llegó al punto establecido. El visitante llevaba un cuadro, un cuadro con la imagen que tenía de su padre. Un toro miraba hacia el olivo y el vareador lo hacía hacia las estrellas. Era sólo una forma, sobre la que nadie preguntó nada, pero tampoco nadie puso un pero. El texto mandado por internet y el dibujo en cuestión parecían haber calado en el ánimo de todos. Era como si hubiera acertado plenamente en el sentir común.
        Se perfilaron los coches por la carretera. Unos se adelantaban a los otros, se guiñaban con los pilotos de adelantamiento, se guiaban.
        El día era radiantemente caluroso. Un cielo azul y un sol que hacía daño en la piel. Los olivos, verde terroso, tenían las plantas secas totalmente, pero estaban cargados.
        La comitiva llegó al lugar en que se cumplirían los deseos del difunto. El lugar, la tierra, en la que juventud y senectud cerraban el círculo. Un hermano del finado llegó y guió a toda la comitiva hasta el punto exacto en el que se suponía que el ya polvo quería ser esparcido.
        Uno de los hijos, el que se había hecho cargo de las cenizas, discutía con el tío sobre en qué olivo se esparciría. Al final preguntó al visitante que cuál olivo le gustaba más.
        _ Aquél es muy bonito.
        Y se andaron unos metros. Tío y sobrino, con las manos terrosas del trabajo, empezaron a hoyar la tierra, reseca como la piel de los propios olivos, reseca como la piel de los campesinos del lugar. Curtidas manos de trabajador infatigable habían sido también las cenizas que ahora iban a
encontrarse consigo mismas. Se estaba cumpliendo la voluntad total y absoluta del difunto.
        Terminado el “joyo”, se abrió el tarro, los finos dirían urna funeraria. Una de las hermanas recogió en un recipiente una porción de cenizas. Se tapó el hoyo.
        El visitante se había convertido sin buscarlo en maestro de ceremonias. Llamó a la nieta más pequeña para que leyera un poema. Vergonzosa, puede que también con un punto de temor, se negó pidiendo a su madre que lo hiciera.

Tierra que de la Tierra fue.
Cálida raíz del olivo.
Duro, resistente
Como rama milenaria.
Hoy,
A la hora en que los toros
Se enfrentan con la vida,
Eres, otra vez,
Vareador de estrellas.

        El segundo poema fue leído por la novia de uno de los nietos del difunto, la segunda persona más joven entre todos los presentes.

Toro abrileño
cerezo en flor.
Vida que acaba 
en un estertor.
Sangre derramada,
pétalos al viento 
de tu amor.    
Toro abrileño 
cerezo en flor.
Estocada del tiempo
para un resplandor.
Ojos que miran,
alma que siente.
Sigue la vida 
en el corazón.

        La tercera lectura le correspondió a la esposa del hijo menor del finado. El poema había sido escrito, tiempo ha, por un premio nóbel de literatura español. Título, Los dormidos, y hacía alusión, sin descarnadas crueldades, a los fallecidos por una u otra causa durante la guerra que empezó a asolar aquellos campos hacía justo setenta años.

¿Qué voz entre los pájaros de esta noche de ensueño
dulcemente modula los nombres en el aire?
¡Despertad! Una luna redonda gime o canta
entre velos, sin sombra, sin destino, invocándoos.
Un cielo herido a luces, a hachazos, llueve el oro
sin estrellas, con sangre, que un torso resbala;
revelador envío de un destino llamando
a los dormidos siempre bajo los cielos vívidos.
¡Despertad! Es el mundo, es su música. ¡Oidla!
La tierra vuela alerta, embriagada de visos,
de deseos, desnuda, sin túnica, radiante,
bacante en los espacios que un seno muestra hermoso,
azulado de venas, de brillo, de turgencia.
¡Mirad! ¿No veis un muslo deslumbrador que avanza?
¿Un bulto victorioso, un ropaje estrellado
que retrasadamente revuela, cruje, azota
los siderales vientos azules, empapados?
¿No sentís en la noche un clamor? ¡Ah, dormidos,
sordos sois a los cánticos! Dulces copas se alzan:
¡Oh estrellas mías, vino celeste, dadme toda
vuestra locura, dadme vuestros bordes lucientes!
Mis labios saben siempre sorberos, mi garganta
se enciende de sapiencia, mis ojos brillan dulces.
Toda la noche en mí destellando, ilumina
vuestro sueño, oh dormidos, oh muertos, oh acabados.
Pero no, muertamente callados, como lunas
de piedra, en tierra, sordos permaneceis, sin tumba.
Una noche de velos, de plumas, de miradas,
vuela por los espacios llevándoos, insepultos.

        Había elegido a aquellas jóvenes, porque ellas eran la tierra, porque ellas eran el fruto y porque ellas, más tarde o más temprano, seguirían renovando las raices de los viejos olivos.
        El último poema, titulado inhumación, lo leyó el visitante.
        _ Lo compuse esta madrugada. No sé si lo podré leer.

Hay quien piensa que es para siempre.
Y yo les digo:
“Quien así piensa es que nunca te
tuvo en su corazón”
Tú, que fuiste olivo.
Tú, que fuiste fuego.
Vuelve a la tierra
con tu ciclo cumplido.
Todos estos que aquí te acogemos.
Todos estos que aquí te abrazamos.
Somos el fruto de tu amor
y tu deseo.
Nadie dirá que es para siempre.
Porque en cada rincón de nuestros
corazones
nos habitas.
Es posible que no mencionemos
tu nombre.
Es posible que sólo seas ya
el abuelo,
como esos olivos centenarios,
ricos en frutos,
ricos en dolor.
Pero tú sabes que nosotros sabemos.
En cada uno queda un trozo
de tu alma,
como popa hacia el horizonte
que se adivina en lontananza.
Gracias, viejo.
Gracias, abuelo.
Y que la tierra te sea leve.

                    23-7-2006
                 (Córdoba de calor y olivo)

        Aunque hasta ese momento se había mantenido sereno. Un nudo se le subía a la garganta y las lágrimas luchaban por salir. Sentía el latido de su corazón , la voz entrecortada. Leyendo cada verso, despacio, dolorosamente llegó al final. 
        Un sepulcral y repetuoso silencio había presidido toda la lectura. Era como si todos sintieran en el pecho las palabras que hubieran querido decir pero que por una razón u otra no habían sabido expresar. El visitante era el eco de sus corazones.
        Cuando se terminó la lectura y el visitante miró alrededor, más de uno no había podido disimular una lágrima.
        El hermano del difunto cerró la ceremonia con un nervioso “Vámonos”, y todos nos perfilamos hacia los cohes, hacia la carretera y después hacia la comida subsiguiente. Por primera vez en muchos años habíamos estado todos juntos y, cosa extraña, unanimemente unidos y respetuosos.

 El visitante forma parte de la familia del difunto. Ha preferido presentarse así porque viene de lejos, lo que literariamente permite un rasgo de objetividad alejada de sentimentalismos. Otra cuestión son los sentimientos reales de la persona.