martes, 22 de julio de 2014

El tren‏


     
El Tren

       Antes de salir a la superficie miró el teléfono móvil. Tenía un mensaje: “!Qué calor! ¡Tengo todo el cuerpo lleno de ronchas por el sudor!
¡Quiero tomar cerveza!”
       En los últimos días el calor húmedo, típico de la estación, no dejaba de apretar. En algunos lugares el calor era extremado. Más que el calor habría que decir la humedad. En otros, gracias, o según como se mirase, por desgracia, el frío era lo que imperaba debido a la excesiva potencia de los aparatos de aire acondicionado.
       Todo el mundo era consciente de que había que preserva la Tierra, pero, acomodados en una vida en la que el menor sufrimiento se quitaba a golpe de máquina, nadie estaba por la labor de eliminar el aire acondicionado y seguir pasando aquel bochorno anual. En el fondo de la conciencia un reluciente grano de arroz, de aspecto más que delicioso, hacía babear de gusto las pajarillas del corazón.
       Fue leer el mensaje y el metro subió a la superficie. ¡Rayos y centellas! El andén en que debía bajar estaba más que abarrotado de personas casi perfectamente ordenadas en fila.
       - Ah, era esto el mensaje de los altavoces. En no sé dónde, un accidente. Bueno, y ahora ¿qué leches hacemos?
       Aquel día había tenido que ir a trabajar no se sabe dónde. A un lugar en el extremo más extremo de la llamada civilización.
       Casi tres horas de viaje de ida, porque aquello era un viaje, tres horas de exámenes orales, que si bien no desgastaban físicamente , dejaban los nervios de punta durante unas cuantas horas. A tantas cosas había que atender durante la charla con los examinandos.
       Vuelta hacia atrás, otras dos horas en tren y continuar hasta las nueve de la noche. ¡Y ahora esto!
       Bien contado, se diría que la situación era de fantasía surrealista. Siempre que ocurría aquello las aglomeraciones de personas eran inevitables. Y cuando hay muchas personas, las situaciones, la gama de escenas con posibilidad de ser vistas forman un amplio abanico.                                                                        Ingenuamente, bajó del metro y de dirigió a la línea central, que era la que tenía que llevarle hasta casa. No quiso continuar en el metro siguiente porque al fin y al cabo lo dejaba a medio camino y no era la primera vez. En aquella estación en que tenía que bajar había tenido que esperar minutos y minutos, con el peligro añadido para cualquiera de poder
caerse al andén en cualquier momento.
       Llegó al andén al que se dirigía y diez metros delante de él, rayos y centellas, un tren emprendía el rumbo que el debiera haber tomado. ¡Se le fue por los pelos!
       A esperar tocan, machito.... Y el tren se hizo esperar como esas novias que dilatan la salida de la casa de sus padres antes de dirigirse a la iglesia. Si te quieres casar, a esperar....
       Quince, veinte minutos, y por fin llegó el amado trenecito. Desgraciadamente las imágenes de los trenes borregueros llevando personas al matadero durante la Segunda Guerra Mundial se quedaban tantito así comparadas con la aglomeración de personal que había en el tren delante de sus narices. Eso sí, éste mucho más limpio y acondicionado.
       Para colmo aquel día llevaba el carrito de la compra o de material de trabajo. Le quitaba peso de los hombros, pero en caso de aglomeración era un poco molesto a la altura de los pies. No se veía y cualquiera podía tropezar y.... ¡leches en vinagre!. Pero no había más remedio que continuar.
       Cuando empezó, por necesidad, que no por gusto, a montar en tren, los apretujones, empujones, achuchones y la mala leche, los soportaba como cualquier hijo de vecino. En ese momento, ahora lo veía, la edad, la fortaleza física, se lo permitían. Pero, propenso a la tensión alta como era, desde hacía varios años, el exceso de gente, el calor asfixiante, a pesar de los radiadores trabajando a toda pastilla, le hacían sentir bastante mal.
      Desde la planta del pie izquierdo, subiendo por la parte posterior de la pierna, llegando al hueso que sostiene el tronco, un nervio loco, su demonio familiar le llamaba, estaba en total tirantez. Subía por el flanco izquierdo de la espalda, llegaba al homóplato y, desde ahí conectaba con el cuello y alguna parte del cerebro.
       Unos años antes se había quedado en la antesala del infarto cerebral. No había sido nada, pero le había visto las orejas al lobo.
       Quedarse en el sitio supondría haber llegado a la estación término. Cuando se llega al final hay que bajar del tren. Pero quedarse para bajar en silla de ruedas, no le hacía maldita la gracia.
       El demonio de la tensión hizo acto de presencia. Un par de estaciones más allá terminó bajándose. Era de los que pensaban que siempre era mejor llegar tarde que no llegar. Los héroes de película luchando contra viento y marea no le gustaban demasiado.
       El estómago empezaba a hacer de las suyas. Había que reconocer que si bien en algunos momentos el demonio de la tentación de los kioskos y demás expendedores de comida o bebida era una lata, en ocasiones como aquella eran una bendición de los cielos. Y en ese momento lo fueron. Vaya si lo fueron.
       Compró unas galletitas rellenas de uvas pasas y crema y se las zampó. El gusano de la mala uva quedaría aplacado durante un buen rato.
       Al ni se sabe de tiempo llegó otro tren y pudo subir. Tal vez era la hora, tal vez la prudencia de las féminas, lo cierto es que, en la nube mental del ambiente le pareció ver que la mayoría de los viajeros eran caballeros, aunque eso de caballeros sea más bien una ofensa para los caballos. El vagón olía a alcohol y mala leche.
       - ¡Eh, omae! ¡No empujes, coño!
       Con cara de monstruo troglodita le hubiera gustado patearle los hígados a aquel despojo social en forma de cuba andante. ¡Y estos son los modelos para los jóvenes!
       No era el único. A su alrededor trabalenguas de morapio decían que iban bien puestos. ¡Con el calor que hacía!
       Estuvieron a punto de darle arcadas. Tan a punto que en la siguiente estación se bajó. ¡Ah, el andén, colchón para el descanso de mis maltratados pies!
       Y a esperar de nuevo. Se repitió la acción. Quince, veinte minutos. ¡Qué socorrido es el teléfono móvil en estos casos!
       “Reportando para CNN desde el andén de la estación .....”
       “En el día de hoy a las X horas, en la estación Xx ha ocurrido algo.
       Aún no se sabe muy bien qué ha sido. No se sabe si es que el tren pasó por encima de una cucaracha. Si un borracho de Rioja y shochu   bajó a las vías o si es que un roedor, vulgarmente rata, degustadora    de cables ha roido los de alta tensión que suministran electricidad al    tren. Cuando tengamos más datos se los iremos suministrando en directo desde H estación. Para CNN TV noticias en español,   Periquillo de los Palotes.”
 
       Tiempo de meditación, o de relajación o de observación. En aquella estación había poca gente. Tan poca que casi no había nadie. Era una estación más de bajada que de subida. Pero precisamente por eso se notaba más el nerviosismo en las personas, producido por la inesperada espera. Llegó la serpiente metálica y a subir otra vez. Nuevos achuchones. ¡La jodimos, Macareno! Si en la estación anterior destacaban los señores berrendos en morapio o Jumilla, en el tren al que le tocó subir eran las damas las que destacaban. Tal vez la proporción era pareja al de un día normal, pero destacaban, y mucho....
       En el interim de la espera se habían acumulado algunas, no demasiadas, personas en el andén. Subida, bajada, apretujones, achuchones..., y una polluela con voz de urraca resfriada que no dejaba de hablar.
       En una situación de cierto relax en la que todo el mundo va hablando más o menos en murmullo, no le había producido hasta ahora malestar esa forma de hablar. Pero cuando todo el mundo estaba pasando las de Caín, en un silencio denso, en un silencio en el que se respiraba el deseo de llegar pronto a casa, un papagayo como aquel resultaba desagradable de narices. Decibelios de mala leche se derramaban por las venas. Le hubiera gustado cortarle el cuello a la pollita y haberla echado a la olla. ¡!!!Ah!!!!!
       No eran sólo ellas. Si en ocasiones resultaban desagradables al odio, los pollos pera con voz aflautada que no dejan hablar ni a Dios ni al Diablo y se presentan como constantes víctimas de las artimañas de los jefes, hablando a todo tren, en pleno vagón abarrotado, eran una patada en las espinillas que elevaban el sistema nervioso a la decimocuarta potencia de la mala leche.
       Pero no era aquel el único malestar, inevitable, de un vagón repleto.
Una mano la llevaba agarrando su carrito, intentando, que no consiguiendo,
molestar lo menos posible y la otra se había quedado en el aire. Ni la podía subir, ni la podía bajar.
       ¡Santo cielo!, delante le había tocado una damita bastante descotada. Quería pensar que despechugada, pero no , la pechuga era oronda, cual pomelo en plena sazón. Debería calzar, ¿o debiera decirse tetear?  un brondera, aquella prenda que la bella de Herzegovina metió por los ojos tiempo atrás.
       De haber sido la damita de espigado cuerpo, las protuberancias tal vez le hubieran servido de paraguas contra la luz, bastante molesta por desgracia. Pero no, aunque él no era demasiado alto, la joven era más baja que él por lo que el pecho le quedaba justo delante de los ojos con que los bajara una miaja. Un poco más y la puntita que los niños se meten en la boca hubieran salido a flor de aire.
       ¿Qué hacer? Mirarla a los ojos y poner cara de vino agrio no era agradable. Más que los apretones, las carretas de la moza, recuérdese el refrán, no dejaban de atraer. Bajar la vista produciría rápidamente la sensación de que era un mirón rijoso incontenible. La pregunta era si eso era lo que la ternerita quería. Lo que llevado al extremo le llevaría a un juicio por haber hecho lo que no había hecho.
       Ah, sí,sí,sí. Elevó sus ojos al cielo y se encomendó a María Santísima de la Buena Leche.
       “Madre Mía y Señora Mía: Aparta de mí estos malos pensamientos o       haz que llegue este tren a toda velocidad a la siguiente estación   para poder huir de la tentación y que esta chota salida se vaya lejos    de mi presencia...”  
       María Santísima escuchó sus plegarias. Desde ese día se convirtió en un fervoroso creyente de la Virgen María de la Buena Leche y le pide que lo aparte de los malos pensamientos. Pero la otra cara de la moneda es que tras elevar tanto la mirada en el tren, desde aquel día sufre tortículis aguda. No puede mover bien el cuello....
       En una de las estaciones en que la subida y bajada de personas suele ser violenta, a pesar de la abundancia de borreguería, se podía respirar. Dentro de la situación de exceso se podía decir que se había llegado al estado de lo soportable. Pero hete aquí que las cosas no van siempre conforme a los deseos.
       Un retaco con cara de tener el hígado hecho polvo, se espatarrajó en medio del vagón, abrió su revista deportiva, ni siquiera la redujo a una hoja y dijo:”Arda Troya, que el tren es mío”. Como lo más probable es que fuera de esos tipos que no tienen un lugar en casa porque entre la parienta y las sanguijuelas de los hijos le chupan la vida, en el tren estaba en su casa. Era el dueño absoluto del vagón. Golpeaba, supongamos que sin mala intención, con el balón de la revista a los que tenía delante. Y cuando el tren paró en la siguiente estación , se coló como una rata cuartelera en el agujero que dejara en el pasillo una ballena terrestre. Se apoderó de los agarradores, se agarró como una lapa, siguió con su periódico deportivo. Era como si la vida le fuera en ello. Estuvo a punto de gritarle: “ Hijo de padre desconocido, que no se va a acabar el mundo porque esperes media hora...”
Pero seguro que no, seguro que era accionista de algún club o amante in pectore de alguno de los hermosos efebos de las fotografías. Pero no le gritó. Hubiera sido ponerse a la altura de sus sucios zapatos.
       -Ah, qué respiro. La siguiente es la mía.
Espacio por todos sitios. El recorrido que normalmente se hacía en una hora, pasaba de las dos horas y media. Menos mal que al día siguiente el trabajo estaba a cinco minutos de casa, menos mal que....
       Un caballero, con el periódico bastante reducido, intentó abrirlo. Rozó a otro ¿caballero, camellero, burro o dromedario?
       - ¿Qué haces? Me has rozado....
El hombre del diario se disculpó, miró hacia él y se preguntaron que le ocurriría a aquel energúmeno.
       Evidentemente un tren abarrotado pone a la gente de los nervios.
En la salida de la estación se topó con un conocido.
       - ¿Qué haces aquí? Tú vives más allá , ¿no?
       - Sí, pero me he tenido que bajar del tren. Me voy a tomar una copa.
¡Qué cosa más desagradable! La gente agarrada a su barrote para que no se lo quiten. Le dices a uno algo y es como hablaras con un muerto. A nadie se le ocurre abrir las ventanas, con lo asfixiante que es el aire acondicionado. Además nadie pasa al centro del vagón, se agolpan en las puertas y te espachurran. La gente de este país es cada vez más mal educada.
       El conocido era un personaje en la cultura del país. Le confortaba pensar que él, como foráneo, no era el único que pensaba que el tren de los derrotados era cada vez más una muestra de la pendiente por la que se deslizaba la sociedad.
                                                   9-7-2007