miércoles, 2 de julio de 2014

Literatura y Turismo

 Cuando una obra literaria alcanza la categoría de genial y su autor se ve encumbrado a la fama, no es extraño que el paisaje y el paisanaje de su obra se convierta en mito. En ese momento al lector le suelen entrar deseos de visitar los lugares, inexistentes pero presentes, en los que los personajes de las obras se han movido. Ya me hubiera gustado visitar el Macondo de Cien años de soledad, la Comala de Pedro Páramo, los Andes de Lituma..... Aunque sí he pateado la Mancha de Don Quijote, La Vetusta de Clarín, el Madrid de Galdós y la Península de Izu de Yasunari Kawabata.
                

Las siguientes líneas son un resumen de lo que sentí y ví guiado por la pluma del Nóbel de Literatura japonés después de leer su obra y visitar su paisaje.
                 Es posible que cuando se lea a Kawabata se sienta nostalgia o una ternura pasada de moda, poco de acuerdo con los tiempos que corren. Pero lo que no puede dejar de admirarse es el dominio del lenguaje para traducir la naturaleza. Una naturaleza que está ahí, no hay que salir a buscarla.
                 Kawabata me parece metido en la raíz de la naturaleza, también en la raíz de su pueblo. Una naturaleza que forma parte de la cultura japonesa y que presiente será destruida, arrasada por las nuevas formas de hacer y pensar emanadas de la derrota de la Segunda Guerra Mundial. Esa “derrota” guerrera será la derrota del entorno ya que parece presentir que el pueblo japonés se va a meter por el camino de la depredación de los montes, de los senderos y los va a convertir en asfalto por el que hacer los lugares accesibles a la visita turística rápida y depredadora.
                 Izu, península situada al sur de Tokyo, en la provincia de Shizuoka, está casi en su totalidad formada por valles y montañas, rios y aguas termales. Hoy día es un importante centro turístico interior. Los autocares, coches, motos de potentes cilindradas, cortan del aire tranquilo de la zona con sus ruidos y gases contaminantes. Previamente las montañas han sido horadadas por túneles y ágiles carreteras que controlan las laderas de las mismas con grandes contrafuertes para que no se vengan abajo en caso de terremonto o tifón.
                 Fue por esta península por donde Kawabata vino a situar a los personajes de su novela, recorriendo el camino de la costa, desde Tokyo a Atami, Odawara, Mishima, internándose en el corazón de las montañas, siguiendo los viejos senderos de los ríos, alcanzó Shimoda, abierta a cañonazos por Perry, allá por los años de 1860.
                 Fue en esta vía que hizo un estudiante enclenque y enfermizo donde se desarrolla el drama-melodrama del nacimiento al amor del estudiante y la danzarina.
                 El estudiante recorre junto a la danzarina y su familia el corazón de la península, y la recorren por barrancas y caminos, por montañas y laderas, por la cuenca de los ríos y estrechos senderos, vías normales de acceso a los pueblos, y se detienen en las postas, en los baños públicos, en todos aquellos sitios que pueden permitirse sus pobres ahorros, con la naturaleza de fondo y el corazón por encima de toda mezquindad. Dos corazones jóvenes que han entendido la llamada de la naturaleza dentro de sí, que han sentido algo, aunque no sepan definirlo con palabras.
                 Hoy en día esos caminos están abiertos, modernizados, aunque queda como reliquia la casa en la que Kawabata escribió su novela, el baño donde se sumergió la danzarina, marcada la ruta...., como reliquia para la nostalgia, el recuerdo y el... turismo. ¿O es el turismo el que ha convertido en mito esos lugares que, tal vez, nunca existieron?
                 ¿Será el corazón de las gentes que atraviesa esos caminos tan angelical como el de la bella danzarina? ¿O todo el que pasa estará manchado por la riqueza alcanzada gracias a la depredación de la naturaleza? Al leer a Kawabata, uno
siente que el autor tiene algo de conservador, pero no de conservador al uso político-social, más bien de conservador, en el sentido de protector de aquello que merece la pena conservar y proteger, la naturaleza. Al fin y a la postre no todo conservadurismo es malo, ni todo lo nuevo es necesariamente bueno. Ensuciar con chapapote el mar es fácil, limpiarlo no es lo es tanto .
                 A propósito, me ha parecido escuchar en las noticias que hace poco
se incendió un RYOKAN, hotel típico japonés, en el centro de la península de Izu. ¿Accidente forzado por la sobreexplotación turística, premonición de que el Japón de Yasunari Kawabata ya no existe, que sólo queda en los libros de Historia? Tiempo al tiempo.
                                   
Pd.- El texto anterior fue escrito hace ya tiempo. En los últimos años, entre los libros que pueden servir de guía también turística a pesar de ser novelas, pueden estas las dos magníficas obras de Ildefonso Falcones: La catedral del mar, situada en la Barcelona medieval y La mano de Fátima, del mismo autor, que comienza por Granada, continúa en Córdoba y termina por Sevilla. Se conservan los nombres de las calles medievales y hoy día están escritos los nombres en las esquinas. También podríamos añadir la trilogía de Carlos Ruíz Zafón sobre el siglo XX en Barcelona y La feria de los discretos de Pio Baroja, totalmente localizada en Córdoba.

Me he limitado a obras que yo he leido, sin duda habrá muchas más.